Desde el núcleo  más profundo de cada familia y sin posibilidad apenas de cuestionamiento, hemos integrado en cada poro de nuestro cuerpo el valor admirable del padre que trae el dinero a casa y al que hay que compensar por el enorme esfuerzo que  hace cada día, convirtiéndose en un objeto de cuidado y respeto.

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Mientras tanto pasábamos el tiempo junto a esas madres solícitas, cuyo trabajo no era concebido como tal sino como simple apoyo complementario y  poco valorado. Desde este modelo, muchas mujeres desearon ser tan reconocidas como ellos y valoradas como iguales, ca
usando gran admiración a quienes observábamos ese levantamiento.

Poco a poco empezaron a conducir, a estudiar en la universidad  e incluso a votar y parecía que la igualdad era la respuesta al equilibrio.

Pero la pregunta es ¿existe el equilibrio? Quizá entre dos puntos que constituyen una recta pueda haber un punto medio de equilibrio, pero ¿y en una circunferencia? ¿hay punto de equilibrio en una circunferencia?

Lo cierto es que una circunferencia se puede apoyar en cualquiera de sus puntos y todo él es continuo equilibrio, fuerza  y flexibilidad y así es la naturaleza femenina, circular y cíclica en todos sus aspectos y facetas.

Y la siguiente pregunta es ¿puede una circunferencia comportarse como una línea recta? Pues lo cierto es que si, una circunferencia no tiene más que romperse por uno de sus puntos y estirarse hasta tomar forma de recta, incluso de la más perfecta de las rectas, pero eso si… ya no es una circunferencia. Y mientras todas las circunferencias se convierten en rectas, deja de haber circunferencias, y ya solo hay rectas.

Al mismo tiempo las rectas ven tantas rectas a su alrededor que ya no se sostiene su identidad y se plantean si tiene sentido ese modelo ya no tan valorado y al que todos acceden, mientras carecen de referentes diferentes hacia los que evolucionar.

Pues algo parecido es lo que está pasando en esta sociedad, las mujeres dejan de ser mujeres para convertirse en hombres y los hombres, descolocados, buscan desorientados modelos masculinos con los que identificarse  en todo este cambio.

En este juego de la silla en el que nadie sabe bien donde sentarse, la mujer se masculiniza y el hombre se feminiza y vienen a la cabeza imágenes como la de Queen con su bigote y delantal y de mujeres con traje masculino y tacones, eso si, porque masculina pero ornamental.

Un desorden fruto de la falta de contacto, de la falta de respeto por la naturaleza humana y del proceso hacia el entendimiento de la igualdad.

No es ningún descubrimiento declara que Igualdad no es tratar a todos de la misma manera sino a cada uno según su naturaleza y desde ahí colocar a cada uno en el lugar del sistema donde puede desarrollar sus potencialidades.

Devolver a la mujer su potencial creador, su funcionalidad como madre, su ciclicidad, proteger sus necesidades instintivas naturales, su instinto de cooperación y desarrollo en sociedad, familia y tribu…

Devolver al hombre su potencial protector, su funcionalidad como padre garante de las necesidades de su sistema, proteger sus necesidades instintivas naturales y proteger y valorar sus necesidades emocionales, liberándolo del peso absurdo de la fuerza mal entendida y procurándole modelos masculinos naturales y saludables.

En definitiva, reconocer la diferencia y valorarla, atender la funcionalidad masculina y la funcionalidad femenina y colocar a cada pieza en su lugar, es la clave para garantizar esa igualdad y para que hombres y mujeres puedan vivir su identidad con placer y crecimiento.
¿Y quién gana con todo esto? Las espaldas de hombres y mujeres que cargan con mucho más peso del que les corresponde intentando caminar con todo ese desequilibrio; los bebés recuperando a su madre en el proceso de desarrollo extrauterino; las mujeres recuperando la posibilidad de sentir y vivir la maternidad desde su instinto natural; los hombre encontrando su lugar como padres que es lo que son y no canguros como últimamente parece que hayan mutado; Las familias recuperando esa tribu de apoyo que facilita la supervivencia, en definitiva la salud de la sociedad en cada uno de sus miembros, independientemente de que sean bebés, niños y adultos e independientemente de su sexo.